En el Festival Gnaoua y Músicas del Mundo, en Essaouira, los melómanos pudieron disfrutar de una sucesión mágica de cuatro grandes figuras que, por sus múltiples influencias y percepción universal de las artes, abolieron las fronteras entre las músicas y entre las culturas. En el escenario Moulay El Hassan, fue Karim Ziad, el batería de múltiples inspiraciones, quien marcó el ritmo con piezas donde el jazz se codeaba fácilmente con sonoridades populares árabes, antes de condimentar la velada con la entrada en escena de una tropa de Gnaoua y de la sublime Oum, que imprimieron una alegre melodía árabe-africana a esta actuación. La sucesión fue casi perfecta, una vez que Richard Bona, virtuoso bajista, cantante y autor-compositor camerunés y uno de los imprescindibles del Jazz y de la música africana actual, tomó el relevo. No hacía falta ser experto para percibir la fuerte presencia de las raíces del cantante, y bruscamente un tono africano dominó el escenario y el público quedó hechizado tanto por la voz como por el instrumento. También quedó encantado por el humor y la interactividad de Bona, que no dejaba a nadie indiferente. Pero en el arte de la deducción, Maceo Parker y su grupo fueron quienes destacaron, mediante una interpretación desenfadada, su manera de moverse en el estrado y sus puestas en escena improvisadas, gestos y mimos incluidos, todo ello sobre un fondo de ritmos afroamericanos que desataron a todos los que los escuchaban. Y esta mosaico humano que estaba frente al escenario no encontró ninguna dificultad para comprender, reaccionar e incluso actuar. Está hecho, las fronteras han desaparecido. Y cuando Parker se suelta, es toda esa carrera iniciada precozmente la que se desprende de la punta de su saxofón, una carrera que comenzó a los 8 años ya, y que llevó al nativo de Carolina del Norte a acompañar a figuras emblemáticas del funk como James Brown, Bootsy Collins, Georges Clinton y Fred Wesley. De hecho, no dejó de rendir homenaje a quienes lo guiaron al inicio de su carrera, antes de forjarse un estilo propio. Desde las percusiones de la batería de Ziad, a la resonancia de la guitarra bajo de Bona y al sonido dulce del saxofón de Parker, el público no estaba al final de su alegría y fue la entrada en el estrado del Maâlem Hamid El Kasri y su grupo lo que dio sentido a toda esta mezcla. Mediante el arte Gnaoua que practica desde los 7 años, El Kasri dio una síntesis de toda una velada y uno se da cuenta, en ese momento, de que hay raíces culturales que unen a todas las figuras de este cartel atractivo, a saber, la cultura árabe-africana que se encuentra en el corazón del patrimonio Gnaoua. En otra parte de Essaouira, en el escenario de la playa, la palabra fue para la juventud, a través del grupo Mazagan, que dio otra dimensión a la música Chaâbi marroquí, incrustándole fácilmente sonoridades occidentales, algo para reconciliar al joven público con su patrimonio. Y cuando la cantante nigeriana Nneka entra en escena, es imposible resistirse a su timbre cálido, sobre un fondo de un estilo Neo soul/Hip hop propio de ella. En Bordj Bab Marrakech, la hora fue para las fusiones, con dos mestizajes de los más creativos, entre el Maâlem Mohamed Kouyou, para quien las fusiones incluso improvisadas no tienen secretos, y Annadi Al Bahri, el grupo emiratí que no necesita presentación, y el Maâlem Aziz Baqbou, un Gnaoua de padre a hijo, y la célebre cantante de malhoun Majda El Yahyaoui.
Proveedor / Fuente : MAP, Le Matin